Por Carmen Perilli
Para LA GACETA - Tucumán

Lo recuerdo huyendo de los papeles de la oficina de la secretaría académica, jugando al ajedrez en una mesa del bar de la facultad, afirmando que sólo hasta los 18 años una mujer es bella. Su palabra pausada a veces me impacientaba. Hasta que descubrí que, detrás de su exterior tímido, se encontraba un maestro que mantenía en vilo a su audiencia no sólo con sus palabras sino con sus silencios. La obligaba a escucharlo pensar.
Lito pertenecía a esa especie de sujeto que desafiaba los miles de yugos cotidianos a los que nos somete el engranaje social. Con un anarquismo, no siempre saludable, odiaba los papeles innecesarios, se negaba a someterse a las reglas, renegaba de las clasificaciones. Sabía que la filosofía sólo podía dar resultado cuando estaba situada, por eso se enorgullecía de ser el filósofo de la plaza Belgrano.
Hablaba más a través de las historias de González y de las claves que de otros escritos. Creía que la sencillez es producto de la más elaborada retórica- se enfrentó con denuedo a ciertas jergas. En muchos casos discutimos porque creía que las mujeres estábamos hechas más para la procreación que para la creación.
También llevaba consigo el dolor de la muerte y la persecución. Tuvo que abandonar la universidad echado por la dictadura y recibió el golpe de la muerte de su esposa. Al poco tiempo de su reincorporación tuvo que enfrentar la despiadada competencia. Quizá por eso muchas veces abominaba de lo humano, desde una humanidad extrema.
Nunca hubiera imaginado que muriera a solo un año de su gran amiga, Génie Valentié. Como ella valoró el arte de la conversación y el ejercicio del silencio. Lo recuerdo en su antigua bicicleta con la gorra y el cigarrillo ajeno a todo ritmo que no fuera el de su pensamiento, a veces excediéndose en sus enfrentamientos con los que denominaba "querí sabí", a los que consideraba bárbaros. Declaró que el fútbol y la guerra eran dos formas de lo mismo, al mismo tiempo que miraba embelesado los partidos del mundial y confesaba su debilidad por los grandes jugadores. Enamorado de la belleza y de la verdad, sabía de lo pasajero de la vida, no le importaba su condición efímera, necesitaba muy poco para vivir: un libro, una plaza con naranjos, un café y un amigo. Hoy el mundo es más pobre sin el ácrata, como lo llamábamos cariñosamente.

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Carmen Perilli - Profesora de Literatura
Hispanoamericana de la UNT.